lunes, 3 de diciembre de 2007

Corzos y niños en El Pardo, por Luis Bello

A Recaredo Lázaro

Reproducimos a continuación el artículo "Corzos y niños en El Pardo" escrito por el periodista Luis Bello, en el que narra su visita a la Escuela de El Pardo dirigida por Recaredo Medina Medina (gracias a Diego Ponce conozco los apellidos). Publicado originariamente en el diario El Sol (10-II-1926), y recogido en la obra del propio Bello, Viaje por las escuelas de Madrid, Comunidad de Madrid, 1998, pp. 98-101:

"A esta parte, por donde la ciudad ve morir el sol, Madrid tiene, no cerco, sino corona de roble. Si los montes de El Pardo llegaran a cercar Madrid, a la redonda, la villa quedaría como bajo un encanto letárgico; pero ya basta ese ancho trazo rústico, montaraz, de tierra sin desbroce, y apenas sin trato humano, para conservarnos, a la puerta de casa, una de las grandes maravillas del mundo, un parque único, como nunca ni en ningún otro país podrá creárselo la más ambiciosa capital. No existiría ya, tal como está, hace muchos años, sin el dragón que lo guarda, invencible e insobornable: el Patrimonio. El Patrimonio, con la Ley y la Monarquía, pueden más que un millón de ciudadanos, seculares, emprendedores y transaccionistas. El Patrimonio ha defendido, sin necesidad de dar batallas, la situación excepcional de unos bienes que lograron detenerse en una hora de la Historia -lejana ya, de seis u ocho siglos-, y que se nos ofrecen a los madrileños de hoy como algo monstruosamente magnífico.

Desde la carretera, y aún desde las alturas que dominan la vertiginosa Cuesta de las Perdices, Madrid se hace presente. Podemos ilusionarnos con esta idea: El Pardo es nuestro parque; el parque de la capital. Pero yo quiero llevar al lector a la plaza de El Pardo, encaminarle por una cuestecita que desciende hasta el río y dejarle solo a la puerta de la escuela, en una plazoleta de casas bajas y de cielo ancho, por donde cruza, muy alta, una banda de grajos. El silencio de aquella plazoleta domina los gritos de los chicos que juegan. Viene el aire del monte, y se le ve que trae larga marcha, como el mar. Quietos allí, aunque sólo sea por un momento, comprendemos que la capital es El Pardo, y que allí está la sede de un pequeño reino de chaparros, encinas, robles y pinos nuevos, en cuya agreste soledad viven, si no los animales de la selva, por los menos los de un coto de caza.

¿Cómo será en esta pequeña capital palatina y venatoria la escuela de niños? Se ha ofrecido a enseñárnosla, muy amablemente, el maestro, señor don Recaredo, el cual está lejos de sospechar el profundo sentimiento de envidia retrospectiva que nos invade al cruzar la escuela y poner los pies en el patio-jardín. Si yo fuera chico de la escuela -¡inquietante idea la de volver a empezar otra vez!-, ¡cómo me gustaría venir a este rincón de El Pardo! He aquí un maestro apacible y feliz. No tiene correas, ni caña, ni palmeta. Seguro estoy que no sabe tener mal genio. Sus dominios, resguardados del viento, se conservan en una penumbra discreta. La luz clara, gris plata, como en el retrato del príncipe Baltasar Carlos, está fuera, en el patio, grande como la plaza de un pueblo. Y este patio es ahora el centro del mundo, un mundo inconmovible, lleno de plácida serenidad, limitado por los márgenes del Manzanares, el convento de Capuchinos y los robledales de Navachescas. Escuela natural, al aire libre, puede ser este cercado que en otro tiempo servía para soltar los corzos, vivos. Escuela en plena naturaleza, sin ninguna afectación ni artificio, ni apenas intervención humana.

Pues bien: vamos a ver el conjunto de circunstancias extraordinarias que hacen falta para producir una cosa tan natural como la escuela de El Pardo. En primer lugar, la escuela del pueblo no era esa. La escuela era tan lóbrega, tan estrecha y miserable como otras que hemos visto. Fue preciso cerrarla y habilitar el salón de baile, a costa de los mozos y mozas del lugar. Por eso tiene buen solado de madera, y es ancha y cómoda para los cincuenta o sesenta alumnos de don Recaredo. Me han dicho -rumores infundados, seguramente- que, ofendidos los mozos, se llevaron un día el cielo raso, que era suyo, y lo quemaron en la plaza; pero no lo creo. Por otra parte, el patio ha sido, hasta hace poco, del Patrimonio, que lo empleaba como he dicho, y si ahora sirve a los niños y no a los corzos, es porque al delegado de San Lorenzo de El Escorial, don Antonio Pérez Lorente -del cual, en justicia, diré que sólo he escuchado en todas partes elogios-, se le ocurrió la gran idea de solicitarlo para expansión de la escuela, y llegó a conseguir que en ello se interesara personalmente el Rey. Así, pues, la escuela no era escuela, el patio no era patio; el pueblo primitivo y el monte lleno de boscaje se conservan por una milagrosa inconsecuencia de nuestro siglo. Si los chicos de El Pardo disfrutan en paz, al llegar abril, de una clase a la sombra de aquellos nogales y moreras, cuyas ramas bajas ramoneaban antes los venados, se lo deben a un buen delegado gubernativo. ¿Hay algo más sorprendente? Hablando de este patio con don Francisco Alcántara, compañero y maestro mío -maestro en todo, pero singularmente en la ciencia de andar y ver, me dijo que lo había pintado hace muchos años, cuando soltaban allí los ciervos, y como se arrinconara un hermoso ejemplar en el sitio que sirve todavía hoy para guardar los cajones en que los llevaban enjaulados, tomó un apunte rápido, que le proporcionó una de esas sorpresas gratas, una de esas confusiones inefables del azar; y fue que removiendo, algún tiempo después, no sé cuál colección deshecha y dispersa hoy, sabe Dios por dónde, vio un cuadro de Velázquez, pintado en sitio semejante, acaso en el mismo, maravillosa reproducción de igual escena: el ciervo, desconfiado, con los jarretes temblorosos, el hocico húmedo en alto, tendiendo como una cabellera el ramaje de su cornamenta, y pegándose a la pared, ya que no podía escapar.

Esta es la escuela más original del cerco de Madrid. Allí, junto a los álamos del río, cuya sombra cae sobre el patio en las mejoras horas de la mañana, enseña don Recaredo a los chicos de El Pardo las primeras letras: Geografía, Historia, Aritmética, Física... Hasta nociones de Botánica y Agricultura. Pero yo quisiera traerle al señor maestro con los muchachos por el monte, siguiendo un rastro, y veríamos quién enseña a quién. Porque allí van hijos de guardas, jardineros, capataces y sobreguardas. Padres y hermanos trabajan en la huerta o en la labranza; hay carpinteros, leñeros; unos están dedicados al cierre de portillos; hacen otros de vigías para incendios; practican la corta, roza y arranque de leña... Como hace un siglo. Como hace cuatro siglos. No una ni dos, sino varias veces al año, empieza cualquier día a correrse por la escuela la voz de alarma...

¡Es mañana! Al siguiente, la escuela en cuadro. Don Recaredo tratará en vano de dar una impresión de normalidad. Sólo asisten los párvulos, o los hijos de militares: la colonia. Los muchachos de El Pardo, en masa, han ido al ojeo. Doscientos o trescientos ojeadores son necesarios para el acoso y para "las vocerías". Todos estos chicos de blusita, con trencilla negra o zamarra y calzones de pana, trepan, como unos bravos, por lo más espeso del monte, y ganan su buen jornal gozando una de las grandes alegrías de la vida... ¿Quién sabe más de ciencia forestal, el maestro o ellos? ¿Por qué lado saldrá este año el jabato grande? ¿Dónde se han ido los gamos, que no bajan ya por el camino de Torrelaparada?

¡Pensar que yo perdí tristemente mi infancia en un segundo piso de la calle de Esparteros! Los tiestos de doña Candelaria... Los ratones del zócalo en las clases húmedas... ¡He aquí mi Naturaleza! Entonces llegaban los ciervos hasta las mismas calles de El Pardo, y un jabalí venía todas las noches a hocicar en la puerta falsa de casa del cura."

1 comentario:

Diego Ponce dijo...

Precioso artículo. Los que hemos tenido la fortuna de pasar nuestra infancia en El Pardo, y veíamos las encinas por las ventanas de la escuela, comprendemos perfectamente lo que el autor quiere expresar en los últimos párrafos.
Bonito artículo, repito. E inspirado. Pero... para que fuera perfecto, el autor no debería haber permitido que su musa le empujara a hablar de corzos y robles, animales y árboles que nunca ha habido por aquí (encinas y alcornoques sí, pero el roble es de hoja caduca).