viernes, 16 de noviembre de 2007

El Pardo visto a finales del siglo XVI, por Jehan Lhermite (y II)

Continuación del texto de Jehan Lhermite:

"La caza de estas palomas torcaces es muy divertida y la practican con asiduidad para deleitarse Su Majestad y Altezas, quienes disparan tiros de ballesta sentados debajo de un árbol o apostados dentro de una pequeña choza que se ha construido allí con las ramas y follaje de este mismo bosque. Se ponen encima ed este árbol una, dos o tres parejas de las mismas palomas torcaces domesticadas con los ojos tapados y se atan a una rama la cual se agita de lejos tirando de un cordoncillo para hacerlas aletear. Tras las palomas bajan de inmediato las otras aves salvajes que se ponen a su lado, y éstas son entonces rápidamente abatidas por los que están debajo, lo que es una de las mayores diversiones del mundo, pues en un instante se caza una treintena de ellas o incluso más.

Las urracas o picazas abundan allí sobremanera y se las coge con la ayuda de los halcones; se buscan en el campo abierto y cuando se las encuentra se lanza en su persecución a dos halcones que las apresan después de plantarles batalla, pues las urracas no tienen fuerza de ánimo para remontar el vuelo elevándose hacia arriba, sino que buscan por todas partes los arroyuelos, los setos pequeños y los arbustos para intentar ponerse a salvo, y llegan incluso a meterse dentro de las carrozas de Su Majestad y de las Damas de su séquito, también entre las piernas de los viandantes y los jinetes; tanto es así, que ni siquiera es posible expulsarlas de allí a bastonazos; sin embargo, para cortarles el paso y hacerles la guerra con pelo y pluma, se les arroja después un galgo o algún otro perro de caza (adiestrado para este cometido) que las persigue con mucho ímpetu, y los halcones hacen lo mismo, de modo que el pobre pájaro no encuentra descanso ni en el cielo ni en la tierra y finalmente no le queda más remedio que rendirse, sea a los halcones, sea a los perros, todo lo cual es una caza de ave muy divertida. Como sucede en nuestro país, la caza de las garzas es una de las más nobles y agradables que se hace sirviéndole de halcones. Lo mismo sucede con la captura del buitre que aquí llaman Milano y también con la del cuervo y la del ave rapaz que los españoles llaman Lechuça, que todos ellos apresan con halcones, pero que antes de claudicar se defienden maravillosamente tomando un vuelo muy alto; tanto es así, que casi siempre se termina por perderles de vista, y entre otras cosas recuerdo un día haber visto volar una lechuza que subió tan alto, hasta las nubes, que apenas podíamos verla, pero que, por estar el cielo despejado y ser el día brillante, la vimos defenderse siempre con tanta bravura de los ataques de dos halcones que contamos más de 36 tentativas antes de que estas aves rapaces se apoderaran de ella, pero que finalmente uno de los halcones capturó e hizo caer a tierra delante de nuestros pies. Tienen allí una lechuza muy grande que llaman Buo que no es la que acabo de mencionar, sino un pájaro extraño que creo que en nuestro país se llama Duque y que es muy grande, demasiado grande, pero que, por su plumaje y por el aspecto de su cara, es bastante parecido a otros de su misma especie; se le alimenta especialmente para la caza, lo que no se hace antes de servirse de este animal como señuelo, pues, cuando no tiene apariencia de buitre, cuervo, urraca u otra ave de presa para hacerla volar, toman solamente este ave rapaz, la tiran con la mano, hce el animal un vuelo en círculo sobre el campo, baja rápidamente desde lo más alto del cielo y atrae hacia sí una infinidad de pájaros que más parecen acudir allí por obra de un hechizo que por otra causa (aunque la razón sea bien evidente y natural, sabiendo bien todo el mundo cuán grande e infusa es la enemistad que se profesan todos los demás pájaros y este tipo de ave rapaz). Fijándose en su apariencia, los voladores hacen su elección después después de arrojar plimas a los halcones; hecho y visto lo cual, al instante, se libra en el aire, para grandísimo placer y contento de los espectadores, la más cruel batalla del mundo que pueda imaginarse. Este ave rapaz es de tal calidad que quien sabe dónde se halla su nido en la época es que tiene crías no necesita cuidarse de la cocina y saca además de esto grande ganancia de dinero, pues no hay día que no le proporcione una docena generosa de conejos, perdices y de otras cosas parecidas; pero ha de tenerse cuidado y no robarle las crías muy pronto, pues al poco de habérselas quitado el ave las recupera con rapidez, pues sabe que en estos primeros días de vida tiene que alimentarlas con tripas o parecidas inmundicias para que no se mueran de hambre, pues con esa muerte se termina el festín. Algo parecido sucede en el lugar donde viven las águilas y otras aves de presa grandes cuyo nido tampoco se conoce, pero aquí a veces lo que sucede es peor, pues son más fieras y bravas y no tan accesibles como la mencionada lechuza. Hay dos o tres clases de estas águilas: reales, grises y comunes, y como este pájaro es poderoso y temido por todos los demás, no hay ave de presa que se atreva a asaltarlo o combatirlo, por lo que no hay otro modo de cazarle que dispararle tiros de arcabuz, lo que complacía mucho a Monseñor el Príncipe antes de que varios otros lo intentaran abatirlo; lo mismo sucede con los zorros y con los gatos salvajes, también con los patos y ocn algunas otras aves fluviales que abundan por allí cerca y que vuelan por el Manzanares, que siendo habitualmente un río seco y poco profundo no tiene muchas aves como éstas y aún menos peces, y cuando los hay son pequeños y entre ellos algunos un poco grandes que los españoles llaman Barbos, que son los mismos que nosostros llamamos Barbeaulx, pero que no son tan grandes ni tan gordos como los nuestros. Sucede a veces que este río se desborda a causa de la afluencia excesiva de aguas de lluvia y nieve que se desprenden de las montañas vecinas, sólo a cinco o seis leguas de allí, y cuando esto sucede suele producirse una grandísima pérdida de conejos que abundan allí sobremanera, y un día sucedió que en un solo desbordamiento de agua se ahogaron más de 1400, que por lo menos valen un real la pieza, lo que equivale a un total de unos miles reales. Y aunque la pérdida sea tanta, queda todavía el número suficiente como para que puedan reproducirse, también para que los coja a discreción quien los quiera para su granja, y todavía quedan algunos par que Su Majestad haga cuando va allí una gran matanza para su real placer, lo que los españoles llaman O Jeo, que es un modo de caza en el que se permite a todos matar los conejos a discreción, cosa que se hace a bastonazos, lo que es una gran diversión para los criados y servidores mientras Su Majestad y Altezas están sentados en sus coches de caballos blandiendo su ballesta a la espera de la primera ola de conejos, que llegan allí en grande multitud perseguidos de lejos (antes se les tapa todas sus madrigueras) hasta el lugar donde se les espera, de modo que, después de que Su Majestad y Altezas descargan el primer golpe, avanzan todos los demás criados y miembros de su séquito para matarlos a bastonazos como si fueran moscas , y nadie, por pobre o pequeño que sea, deja de volver a su casa cargado de conejos. Este modo de cazar es considerado caza real y lo que se obtiene en ella no va a parar a las granjas, pues casi todas las veces que Su Majestad va allí se reparte, para gran placer y contento de todos. Lobos no hay muchos, pero Su Majestad, siendo príncipe y dedicando mucho tiempo a la matanza de estos y otros animales, así como a la de aves de rapiña, ordenó hacer no muy lejos de la casa real, en una colina alta y descubierta, un largo paseo subterráneo cubierto de yerba por encima y con muchos agujeros visibles por todos los lados al nivel de tierra y por delante de los cuales se colocaba algún trozo de carne cruda o bien un trozo de carroña u otras inmundicias parecidas para atraer así y seducir a los lobos, a otros animales y aves de presa y rapiña que se reunían allí en grande abundancia, y principalmente a los cuervos que los españoles llaman cuervos carniceros, buitres, Quebrantahuesos, que es pájaro tan grande como el águila o quizá un poco más así como a otros animales llamados en español Bueytre, que es también de la misma especie, y de cuyo nombre ha tamado este camino el nombre de la Bueytrera, según se lo llama hoy en día, y Su Majestad se metía allí dentro para atraparlos más fácilmente matando en cada ocasión gran cantidad de ellos. Los ciervos y los gamos son allí pequeños y no tan salvajes como los nuestros, lo que yo pienso se debe a la tranquilidad que tienen por todas las partes del reino, al menos en esta comarca, donde nadie puede cazarlos sin licencia del rey, lo que es causa también de que se les encuentre en la mayor abundancia imaginable; por ello no se los caza con perros como hacemos en nuestro país, sino que se les dispara con ballesta, intentanto clavarles puntas de flecha emponzoñadas con hierbas venenosas, o con tiros de arcabuz, como yo he visto matar a algunos. La Serenísima Infanta Doña Isabel [Isabel Clara Eugenia] y en su tiempo también Su Majestad les disparaban así con destreza y muy a menudo. Y lo mismo solían hacer en los Países Bajos, sobre todo en el bosque de Sonien, cerca de Bruselas, del que he oído contar maravillas, y entre otras dos o tres cosas muy raras y admirables, a saber que, queriendo disparar el Príncipe a un corzo en este bosque con tiros de arcabuz, no prendiéndosele la pólvora, queriendo averiguar lo que podría faltar, sucedió que poco después, repentinamente, prendiendo la susodicha pólvora, el mismo corzo fue abatido pot ls misma bala y esto sucedió de modo fortuito e inesperado, lo que maravilló mucho a todos y nadie sufrió daño alguno. Otro día y también en el mismo bosque, tirando cerca de otro gamo o corzo, acaeció que el tiro herró el blanco sin herir a la bestia, pero ésta quedó paralizada, sorda y aturdida por la sorpresa que le causó el disparo (que debió pasar muy cerca de sus orejas) y al no moverse del lugar terminó por ser apresada y matada por los perros.

Y para no perder el hilo de la narración diré que en este lugar tampoco había jabalíes tan bravos y furiosos como los de nuestro país; aquí se los caza de un modo diferente, a saber utilizando trozos de tela que tienen expresamente para este cometido después de haberlos encerrado en un pequeño circuito del cual se libera a los que no se quiere que mueran, que habitualmente son las hembras y sus crías, si tienen alguna, para no destruir completamente la especie puesto que ya quedan pocos. Y se meten dentro de este circuito Sus Majestades y Altezas y todas las damas que van en coches de caballos, y también los gentilhombres de a caballo. Éstos blanden en el puño una horquilla de madera que tienen también Su Majestad, Sus Altezas y Damas para defenderse si es necesario de la furia (si es que puede llamarse así) de esta bestia, a la cual se mata allí podemos decir que a bastonazos, y para acabar del todo con ella siguiendo la orden de la montería se suelta después dos grandes galgos que la despedazan en un instante y como por maravilla no queda allí nunca perro muerto ni herido (...).

En los primeros días del mes de diciembre Su Majestad partió de El Pardo hacia Madrid y permaneció en esta ciudad solamente cinco semanas (...)."

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