domingo, 19 de agosto de 2007

El Real Sitio de El Pardo, por Francisco Giner de los Ríos

Francisco Giner de los Ríos en el Monte de El Pardo

Giner de los Ríos frecuentó mucho El Pardo, acostumbraba a venir todos los domingos con algunos de sus discípulos desde la Institución Libre de Enseñanza (Paseo del General Martínez Campos). Pasaba el día en el Monte (en la imagen sentado en un taburete) y por la tarde se acercaba a casa de su primo Alberto Giner y su esposa Tomasa Pantoja, en los Asilos de San Juan y Santa María. Allí se acercaba y organizaban tertulias.

En 1883 publicó un artículo titulado "El Real Sitio de El Pardo" en la revista La Ilustración Artística que reproducimos a continuación:

"El Real Sitio del Pardo es un gran parque de caza, propio de la Corona y situado al norte de Madrid, siguiendo el curso del Manzanares que lo atraviesa. Extiéndese desde las tapias de la Casa de Campo a la orilla derecha del río, por una parte, y desde las de la Moncloa o Florida (hoy Escuela de Agricultura) a la izquierda, por otra, hasta el punte o cerro de la Marmota (término de Colmenar Viejo), que se levanta ya en la misma base de la sierra de Guadarrama, y donde se despeña el Manzanares, este mismo Manzanares que todos conocemos, tan liso y tan manso, formando una hirviente cascada de blancos verdosos encajes.

En esta dirección, o sea de norte a sur, mide El Pardo una longitud aproximada de 20 kilómetros, por unos 14 de ancho, que viene a contar de este a oeste; 80 kilómetros de circunferencia y 200 kilómetros cuadrados en total.

Este hermosísimo parque, último resto casi, con la Viñuela, la Escorzonera de Remisa, el monte de Boadilla y algún otro manchón insignificante, de la espléndida selva que un tiempo rodeaba a Madrid y que el atraso, la preocupación y la ignorancia han ido talando y reduciendo hasta dejarla transformada en una pobrísima tierra de pan llevar, ofrece todavía, gracias a haberse librado de las imprudencias de la desamortización, un admirable paisaje, donde el sombrío verdor de las encinas, la esmeralda de los pinos, la plateada seda de las retamas, las zarzas, jaras, rosales, espinos, sauces, fresnos, chopos y álamos blancos, cuyo pie alfombran con inagotable profusión el tomillo, el cantueso, el romero, la mejorama y otras olorosas labiadas, que huellan sin cesar gamos y conejos, forman una vista grandiosa, coronada por la vecina sierra con su cresta de nieve en invierno, sus radiantes celajes en el verano, y en todo tiempo con su imponente masa y graves tintas.

Un poco más acá de la mitad de su longitud, y la margen izquierda del río, se halla situado el palacio, rodeado de unas cuantas casas, las más de ellas con ese aspecto triste, ese color seco y esa suciedad y mal cuidado que son característicos de los pobres pueblos de Castilla, los menos risueños, pintorescos y aun rurales, si vale la expresión, de todo el orbe. Hasta la puerta de este palacio llega la carretera, paralela al río por la margen dicha y que en el Puente de San Fernando (a siete kilómetros de la Puerta del Sol) arranca de la general de la Coruña y brinda las más hermosas perspectivas en todo su trayecto: como si la Naturaleza, piadosa con el hombre, a pesar del dicho del poeta

so che natura è sorda
che miserar non sà,

se esforzase por compensar con su gallarda pompa y lozanía el miserable aspecto de las pobres casuchas, cuya proximidad y vasallaje sufre impertérrito el decaído alcázar.

Fue éste edificado por Carlos V, de cuyo tiempo conserva parte de la fábrica, en especial el lienzo de Poniente, con su puerta y cinco lindas rejas, del estilo del Renacimiento, como otras cuatro de la fachada norte y los grandes escudos de las esquinas, con sus águilas y coronas imperiales. No subsiste, en lo exterior, mucho más que esto, por haberse quemado en 1604, pereciendo entonces, a lo que se dice, hermosos cuadros de Tiziano, Moro, Sánchez Coello y otros pintores de nota. El conjunto actual, reparado por Mora en el reinado de Felipe III y cuyo estilo, harto inferior, puede verse sobre todo en la fachada sur y en la cubierta del edificio, fue perfilado por Carlos III y presenta una masa de buenas proporciones –hijas del plano antiguo- mixta de castillo y palacio, circundada de un ancho foso y la calle, pone al palacio en comunicación con la capilla, de gusto neo-clásico y más insignificante todavía.

Entremos por la puerta de Poniente, surmontada aún por la inscripción cesárea al uso de sus fundador (Imp. Caes. Car. V.) – Tras del ancho vestíbulo, se abre un patio, que de los tres de palacio, es el que más vestigios guarda del siglo XVI; y subiendo la escalera de la derecha, se admira un hermoso retrato de don Juan de Austria, por Ribera, cuadro al cual no suele dársela toda la importancia que merece, y que es el único interesante que queda hoy en la casa; sin ofender a dos cacerías en el estilo de Voss, algún retrato y otros dos lienzos modernos de historia, a cuyos distinguidos autores hace bastante mal servicio la compañía del de Ribera, colocado entre ambos.

Las salas del alcázar sólo ofrecen algún interés desde el punto de vista del mobiliario y los tapices, salvo la pieza inmediata al salón principal, donde se conserva un techo pintado en el siglo XVI, quizá algo retocado después y ejecutado en el estilo clásico rafaelesco, si bien con cierto prurito de imitación arcaica. Las fajas que dividen los cuadros son muy curiosas. Los demás techos y algunos lienzos de pared pintados en la época de Carlos III hasta la de Isabel II, son por extremo flojos; el mejor es el de Bayeu, en el salón cuadrado.

A igual tiempo y estilo, esto es, al neo-clásico, corresponden los muebles y tapices, así como los bronces y porcelanas de Sèvres y el Retiro, y las arañas colgadas de las bóvedas. Casi todos los tapices y alfombras son de la fábrica de Madrid. Representa aquéllos los asuntos de costumbre, diseñados por Goya y demás autores de la época, o copiados de composiciones de Teniers, Vanloo y otros pintores flamencos y franceses; siendo de notar el cambio de estilo que los cuadros de estos últimos han sufrido (como los mismos tapices flamencos en las copias españolas del Palacio de Madrid) en manos del artífice, que en su telar ha sustituido los tonos vivos y un tanto agrios y falsos que caracterizan los vistoso productos de nuestras fábricas modernas, a los más neutros y blandos de los originales. Es curioso comparar con estos tapices los de otra procedencia; verbigracia, los de Dido y Eneas, que se encuentran en la primera sala, aunque no son de mucho mejor tiempo. Entre los modernos españoles, los pequeños paisajes aparecen quizá los más finos. En cuanto a las alfombras, son como siempre superiores, verdaderamente regias.

Visten las paredes de otros cuartos y decoran en cortinajes y mamparas los huecos, sedas de Talavera, hermosísimas por su calidad, dibujo y entonación. Entre los muebles, pueden citarse los sillones barrocos de la sala segunda, todos los del gran salón, sencillos, clásicos y de damasco carmesí sobre armaduras blancas y doradas; el sillón del despacho; los sofás del duodécimo salón; los bronces franceses de esta misma pieza, alguna araña y una o dos mesitas. Las porcelanas son muchas, pero de poca importancia: la mayoría son pequeños bustos de biscuit y vasos dorados y pintados. El salón-teatro no merece la atención más pequeña.

En cuanto a muebles, no es, sin embargo, el palacio lo más interesante del Pardo, sino la Casita del Príncipe, pabellón erigido por Carlos IV a unos 300 metros del alcázar, hacia el norte sobre el camino de Colmenar, y dotado de un pequeño jardín. Es una de esas construcciones, eminentemente fastidiosas, de que el gusto dominante en las Cortes a principios del siglo ha poblado nuestros Sitios Reales y aun las principales residencias campestres de los cortesanos de aquel tiempo. Pero, aparte de esto, no hay quizá en España otra colección de muebles neoclásicos tan importante. En especial, el penúltimo gabinete, vestido de seda bordada con dibujos y sobrepuestos al modo de las decoraciones romanas y pompeyanas, presenta en sus lindas sillas y mesitas, los más elegantes y ricos ejemplares, superiores a los de otro gabinetito, forrado de raso blanco con las fábulas de Lafontaine bordadas en colores y que, a pesar de citarse como el capo di lavoro de la casa, es de bastante mal gusto. Las arañas son todas lujosas y muy características.

En estilo análogo, aunque mucho más modesto, se hallan arregladas otras dos casas de campo dentro de la regia posesión: la Quinta y la Zarzuela. La primera está situada al sureste del alcázar y pueblo, a la orilla izquierda del Manzanares y en medio de un olivar, mezclado de viña; la segunda, famosa por haber dado nombre al género de obras lírico-dramáticas que todavía nos envenenan y reducida a la más humilde condición, se encuentra, por el contrario, al suroeste, a la margen derecha del río y cerca ya del último cuartel, o sea, Plantío de los Infantes. En una y otra casa, hoy desguarnecidas y punto menos que abandonadas, se ven todavía figurillas y grupos de porcelana, probablemente del Retiro, muchos de ellos enteros y dignos de mejor suerte. La parte del monte desde el Palacio de la Zarzuela, es una de las más pobladas de arbolado, junto con la del camino hacia la sierra y Marmota, formando los más pintorescos sitios de aquel hermoso paisaje.

Este paisaje, el retrato de Ribera, los muebles de la Casita, bien valen la pena del agradable y corto paseo que hay de Madrid al Pardo. Los demás es de escasa importancia; pero cualquiera de esas tres cosas, cada una en su género, paga con creces la molestia que la gente muelle y perezosa –la que en nosotros más se estila- necesita tomarse para verlas."

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